El estómago de la capital reside en la inmensa Central de Abasto, una ciudad de la comida dentro de la propia Ciudad de México que cuenta con sus propios códigos, ritmos y joyas culinarias. Recorrer sus enormes naves despierta un hambre voraz que encuentra su cura en auténticas leyendas del recinto. Algunos imperdibles son la Pancita Fer, un santuario famoso por sus tazones de caldo rojo con variedades de pancita ya sea con libro, cacarizo, callo o una suave pata, espolvoreado con orégano y chile de árbol; las Carnitas El Cherán que despachan el auténtico sabor de Michoacán fritas en el cazo, ofreciendo su surtida jugosa, tacos de costilla con hueso, buche, nana y ese cuerito que se funde en el paladar; y la Taquería San Antonio, que impone su sabor en sus tacos de cabeza —ya sea de maciza, lengua, cachete u ojo— sumamente tiernos, o su especialidad de tripa con suadero, que puede pedirse tiernita o bien dorada para crujir en cada mordida, alimentando a diableros, chefs y visitantes por igual.
Iztapalapa tiene también el privilegio de contar con su propio paraíso marítimo, La Nueva Viga, el segundo mercado de pescados y mariscos más grande del planeta. Visitar este inmenso laberinto desde la madrugada garantiza una frescura inigualable. Pasillos interiores comercializan diariamente desde enormes huachinangos, robalos y atunes aleta amarilla hasta especies exóticas y mariscos de concha recién llegados de las costas. El apetito se satisface con total confianza en El Puerto de Alvarado, en la bodega E-3, un referente indiscutible por su molcajete de aguachile de acentos herbales y cítricos o el clásico vuelve a la vida; para los que preferirán platillos calientes, los aclamados tacos gobernador son la opción más recomendada, donde el camarón se funde en una costra de queso sobre la plancha, aunque su principal joya es su pescado a la talla, bañado en un adobo que es especialidad de la casa.
Los fines de semana transforman las calles de la demarcación en festivales gastronómicos interminables. El monumental Tianguis de Santa Cruz Meyehualco y el inabarcable Tianguis de Las Torres son la meca del antojito, ofreciendo una variedad que va desde mixiotes de carnero envueltos en penca de maguey y quesadillas de masa azul rellenas de huitlacoche fresco hasta un espumoso esquimo de postre —ya sea de vainilla, fresa, chocolate o nuez— batido al momento con leche y hielo.
Semana Santa es un símbolo de la alcaldía, ya que la profunda devoción de los históricos Ocho Barrios se traduce en platillos de vigilia con sabor hogareño. Calles en las inmediaciones del Santuario del Señor de la Cuevita y dentro del tradicional Mercado Juventino Rosas exhiben a las cocineras locales desplegando su maestría; preparan inmensas cazuelas de barro con romeritos bañados en un mole almendrado espeso y dulce, acompañados de tortitas de camarón seco que crujen al morderse y un bacalao a la vizcaína para chuparse los dedos.
Zonas aledañas como Culhuacán mantienen la tradición de las nieves de garrafa, elaboradas artesanalmente en botes de madera con sal de grano, que refrescan el paladar con sabores irresistibles como el mamey cremoso, el beso de ángel y el clásico limón con chía. Degustarlas sella el recorrido con un toque artesanal y dulce, demostrando la riqueza culinaria de Iztapalapa.