Con un siglo de historia, este recinto se mantiene como la cantina más emblemática de la Plaza Garibaldi. Su interior presenta una estética visual inconfundible, definida por decenas de murales coloridos pintados sobre las paredes y el techo que rinden tributo a leyendas de la música mexicana como Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez y Pedro Infante. El mobiliario se compone de mesas de madera y sillas de tipo equipal agrupadas en distintos salones amplios.
El establecimiento prescinde de un escenario central con sistemas de amplificación electrónica. La música es completamente acústica y a la carta; es habitual que grupos de mariachi, tríos norteños y ensambles de son jarocho ingresen de la plaza y circulen libremente entre las mesas. Los clientes contratan las canciones directamente con los músicos, quienes se instalan al pie de la mesa para ejecutar los temas solicitados.
La acústica del salón se caracteriza por el sonido natural de los instrumentos de cuerda y viento. El volumen interno es alto debido a las múltiples agrupaciones que tocan simultáneamente en diferentes ángulos, sumado a las voces de la multitud coreando los estribillos tradicionales y el constante choque de la cristalería en las mesas contiguas.
La clientela es un reflejo de la popularidad internacional del lugar. El salón recibe diariamente a turistas buscando la experiencia clásica capitalina, oficinistas, políticos y habitantes de la ciudad que celebran cumpleaños o aniversarios.
El menú está profundamente arraigado en la comida mexicana de cantina. Las comandas incluyen platos tradicionales como birria de Jalisco, chamorros, queso fundido y guacamole. La barra despacha tequilas blanco y reposado, mezcales, cervezas frías y su emblemático “ponche de granada”, una bebida dulce que se ha convertido en el sello de la casa.