El corazón del concepto de la “neocantina” capitalina se aferra a las raíces de Coyoacán. El recinto destaca por la saturación intencional de folclore en sus espacios: muebles de herrería forjada de época, rótulos de estilo sonidero mexicano y una estructura operativa dividida a través de dos pisos distintos que rematan en una terraza.
En el piso superior es de baile y de fiesta sonora desatada, las tornamesas y la cabina se nutren del repertorio clásico nocturno para mezclar sets completos de rock en español de fin de siglo pasado y pop electrónico de los ochenta, alternando en franjas programadas con ritmos populares y tropicales a gran volumen. Esta amalgama musical urbana incita al movimiento constante en todos los niveles del edificio.
La multitud es un cruce intergeneracional vibrante y denso sumamente fiel a la demarcación. Confluyen estudiantes y turistas buscando ambientes barriales de baile donde no rija un protocolo estricto de acceso.
Durante la tarde y en el nivel principal del negocio, las charolas emulan a una fonda local clásica. Ofertan platillos de comida tradicional, raciones calientes y antojitos; conforme cae la noche la orientación transmuta hacia las barras, despachando tragos cocteleros largos con tequilas refrescantes, cervezas artesanales y el mezcal servido derecho con sal.
En los días de mayor densidad, la terraza superior y los pasillos llegan a su límite pasada la medianoche para compartir al interior el volumen sonoro sin el menor inconveniente técnico.
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